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El día después

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Te levantas temprano, e instantáneamente recordás lo que pasó en la noche anterior y te dan ganas de pensar que lo que sucedió no es cierto…como si fuera tan fácil. Volvés a intentar acomodarte en la cama, como queriendo cambiar la realidad en un sueño venidero, pero a fin de cuentas entendés que lo que pasó es imposible de modificar y decidís empezar el día. Te lavas la cara con ambas manos, pero al mirarte en el espejo notas que tu mirada esta perdida. Apenas desayunas. Y mientras saboreas lo poco o lo mucho que hay en la mesa –que importa al fin y al cabo- pensas que el día hubiese podido haber sido distinto. Masticas el alimento y por dentro ves las imágenes de la desazón y crees que si tal vez te cambiabas de lugar o no mirabas la acción la cosa podría haber sido diferente. Pero lo que paso, pasó. Y eso nadie lo puede cambiar. Ni siquiera el vano intento de buscarle el lado positivo a la cuestión. El hecho de pensar que hay otra gente que merece un rato de alegría, o cosas por el estilo, que aparecen en tu mente a modo de consuelo. Pero enseguida sentís envidia. Y acompañada de esta, rencor. Por lo que te dijeron. Y por lo que te van a decir. Sabes que va a ser el día más triste de tu vida, o casi. Que las demás víctimas que comparten tu duelo deambularán como vos, con forma de zombi y te dirán palabras de consuelo. Otros tal vez no se tomen la cuestión tan a pecho, pero sabes que el día va ser complicado.

Pensar que te ilusionaste con un presente mejor. Toda la semana imaginaste una sonrisa, un abrazo con la persona que esté a tu lado o el primero que se te cruce. Imaginaste este día yendo feliz al trabajo, con el pecho inflado de orgullo. Calculaste con precisión el lugar en el que flamearía la gloriosa bandera…Para eso ensayaste mil cábalas, hiciste más promesas todavía. Pero Dios estaba en otra cosa y tanta ilusión se fue como el tiempo, rápido, inexorable, casi sin que te dieras cuenta.
Pensas en que tu amor terrenal te puede despejar la mente, pero eso no alcanza.
Como para pasar mas rápido el velorio de tu muerto interior te ilusionas con una revancha, con la esperanza de que otra sea la historia la próxima vez. Pero eso es incomprobable. Lo único cierto es lo que sentís y lo que tu corazón se anima a palpitar.

Una vez que pase el día laboral –para vos seguramente el día mas largo de la vida- recostarás la cabeza en la almohada y aún recordaras escena por escena el trágico desenlace. Sentís odio, angustia, fobia, rencor. Creerás que Dios está en tu contra y que tu enemigo es tu vencedor. Pero llegará el momento en que comiences a buscar en lo más recóndito de tu memoria y encuentres ese domingo glorioso a puro sol. O esa noche maravillosa en la que juraste amor por siempre, aunque ganes o pierdas. Cerraras los ojos y dejarás escapar una lágrima por el pasado tan feliz. Y buceando en la memoria gritarás de nuevo el gol sobre la hora bajo la lluvia y el lodo que vale una victoria y naufragarás en la vuelta olímpica alrededor de la plaza principal de tu pueblo y otra vez la promesa del amor incondicional… Al recordar tanta alegría en medio de la desazón, comprenderás que nada es perfecto, que los dolores están hechos para saber disfrutar mejor de los momentos felices, y, sobre todo, que la memoria es la manera en que Dios premia y castiga a los hombres. Ahí sabrás que el pasado feliz es un bálsamo que reconforta en épocas de angustia.

Entonces irás hasta el ropero, abrirás con cuidado uno de los cajones y desenfundarás esa bandera que cobija los colores mas amados por tu corazón. Junto a los recuerdos aparecerá tu sonrisa en la emoción. Y como un chico te fundirás a ese pedazo de tela y repetirás a viva voz que a pesar de todo la seguís amando. Aparecerá el cantito de tribuna en voz baja, porque la idea de hacer el ridículo también te preocupa. Comprenderás al cabo de unos segundos que el corazón tiene razones que la razón no entiende, y soltarás el cantito con la voz ya en alto, sin importar lo que piense tu mujer, tus hijos o tu vecinos. Prometes ir el próximo domingo a la cancha como si nada, como si perder el campeonato hubiese sido sólo una pesadilla. Y ahí, en ese momento de idilio con tu alma, entenderás definitivamente que los amores para toda la vida suelen hacerte llorar.

Autor: Mariano Schmidt

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